martes, 5 de marzo de 2013

Capítulo 13

Esa semana pasó rápido, quizás demasiado. Apenas hablé con Alice, estaba demasiado ocupada pensando en su billete de avión y en como sería su vida en Londres. Hasta el miércoles le hacía caso, hablaba con ella sobre todo lo que podría hacer en Londres y todo lo que tendría que ver, pero a partir de ese día me cansé. Odiaba ver como había pasado de casi llorar el sábado pasado porque se iba a ir y no quería dejar atrás ni a Lusy, ni a Seth, ni a mí, y verla ahora como la persona más feliz del mundo me chocaba un poco. Era feliz por ella, porque era feliz, pero no quería perderla, aunque cada día que pasaba me sentía con menos derecho a ni siquiera pensar en echarle en cara que estuviera feliz, ya que yo me pasaba casi todo el día en la misma persona, y no era ella.
Las tardes del jueves y del viernes me las pasé en el gimnasio, intentando olvidar que Alice se iba, e intentando averiguar el por qué cada vez me importaba menos, o al menos el sentimiento que yo estaba esperando de tristeza, no era tan fuerte como yo había pensado, y me sentía algo culpable por ello, pero no podía evitar tener otra cosa en la cabeza, otra persona: Sophie.
Cuando llegó el sábado tenía agujetas por todos los brazos, y apenas podía conducir para llevar a Lusy, Seth y a Alice al aeropuerto a las siete de la mañana.
A mitad de camino, Lusy ya tenía los ojos vidriosos, Seth tenía pasado un brazo por encima de sus hombros y la acariciaba para que se relajara, y Alice iba a mi lado, sin mostrar ningún sentimiento, ni tristeza, ni felicidad... nada.

- Alice, estás bien? - Dije yo.
- Sí, por qué?
- No sé, casi ni respiras...
- Sí, sí. Estoy bien, en serio.

Cuando acabó de decir eso se puso a llorar, no me podía creer lo que estaba viendo. Ahora sabía, más o menos, lo que mis amigos en España debían haber sentido cuando yo me fui, y quien sabe, si yo estaría sintiendo algo parecido a lo que debió sentir Sophie en el momento en el que yo iba a coger el avión para irme.
Pero esto era diferente, ella volvería, o eso esperábamos los tres.
Yo no podía parar el coche en medio de la carretera, asi que aceleré y en cuestión de cinco minutos estábamos bajando las.maletas de Alice del coche, aún con Lusy y ella misma llorando.
De repente, ambas pararon de llorar, según entramos por la puerta todos los rostros cambiaron. De repente nadie lloraba, ni estaba triste, ni mostraba ningún sentimiento. Estábamos todos serios, como si de repente nos diéramos cuenta de que no arreglábamos nada llorando o estando tristes. Ella se iría, y vernos mal no la iba a ayudar a irse.
Pero en el momento en el que tuvo que embarcar, eso nos dio igual. De repente los cuatro empezamos a llorar y nos abrazamos. Lusy susurraba que no se lo podía creer. Seth simplemente se esforzaba en que no se notara demasiado que lloraba. Y yo simplemente quería que esto pasara ya, aunque estuviera mal, se pasaría. Eso lo sabía perfectamente.

A la hora siguiente nos encontrábamos los tres en la primera cafetería que encontramos. Lusy pidió una tila doble. Seth pidió otra porque ver así a Lusy le afectaba más que estar él mal. Y yo pedí un café, me encantaba.

- Se fue - Susurró Lusy.
- Volverá... - Dije yo.
- O eso dice ella, para que no estemos mal, al menos no demasiado.
- No creo, si ella dice que volverá, yo creo que acabará volviendo.
- Pero... cuándo? - Dijo ella, cada vez más triste.
- Eso no lo sabe nadie - Dije, en un tono muy bajo.

Volvimos a casa a la una de la tarde. Me encerré en mi habitación y dormí hasta las tres. Me levanté sin demasiadas ganas de comer, pero mi madre insistió en que lo hiciera. Cuando acabé volví a mi habitación y me puse a escuchar casi toda la música que tenía mi iPod, hasta que entró mi madre en mi habitación.

- Ya pensaste qué vas a hacer por tu cumpleaños?
- Mierda... - Suspiré - No, la verdad es que aún no pensé nada.
- Pues vete pensando y dime qué te hace falta.
- Gracias mamá.

Solamente faltaba una semana y tres días para que cumpliera 18 años, aunque los celebraría dentro de dos semanas. No tenía ganas de celebrar nada en esos momentos, ya no tenía nada que celebrar, además de fracaso tras fracaso, de pérdida tras pérdida. Me preguntaba si eso cambiaría algún día. Necesitaba que cambiara, pero no sabía qué hacer para provocar el cambio.

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